Nuestra historia
Jaime Planas Guasch operó en el frente durante la Guerra Civil. Después, en las urgencias del Hospital Clínico de una Barcelona arruinada, siguió haciéndolo como se podía: bajo una pantalla de rayos X, sin ninguna protección, buscando balas del cuerpo de sus pacientes, y agujas de coser que se clavaban las mujeres cuando aún se fregaba de rodillas.
La radiación le fue quemando la mano izquierda. Un catedrático de dermatología le dio un veredicto sin matices: si seguía operando, en diez años le amputarían los dedos. Para un cirujano, eso no era una lesión. Era el final. Y él lo sabía mejor que nadie, porque en la España de entonces, cuando una herida no cerraba, la medicina tenía una sola respuesta: cortar.
No se lo dijo a sus padres. Ahorró durante años, compró mil dólares a un fraile que los recibía de Venezuela, porque en España no los había, y el 24 de noviembre de 1947, con 32 años, se embarcó en un carguero rumbo a Nueva Orleans. Allí, el primer paciente que vio tenía las dos piernas destrozadas por quemaduras, como uno al que en Barcelona le habían ordenado amputar. Este caminaba. «Si a ese hombre lo hubiera atendido en Barcelona, ya no tendría las piernas», escribió.
En Saint Louis, el Dr. James Barrett Brown le sustituyó la piel quemada de los dedos por piel de su propia pierna. Antes de entrar en quirófano, solo y en un país extraño, dejó una carta con sus últimas voluntades en el Consulado de España. Salió con las manos salvadas y con algo más:
había descubierto una medicina que no amputaba, sino que reconstruía.
Se quedó casi dos años para aprenderla, de Saint Louis a San Francisco, y volvió a España, un país donde la especialidad ni siquiera tenía nombre. Para ejercerla tuvo que renunciar a la cirugía general que amaba, y lo hizo.
Fue fundador y presidente de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, formó a cientos de cirujanos de todo el mundo y, el 10 de octubre de 1971, abrió en Barcelona la Clínica Planas para operar, investigar y enseñar.
Más de medio siglo después, todo lo que somos nace de aquellas manos que estuvieron a punto de perderse y que dedicaron el resto de su vida a salvar las de los demás.